Ai no Kusabi [Novela] Capítulo 1

AI NO KUSABI

VOL 1 STRANGERS

AUTORA: RIEKO YOSHIHARA

TRADUCCIÓN: NATALIA CLOW

ADVERTENCIA: Esto contiene relaciones homosexuales si no te gusta, por favor no mires.

******************************************************

CAPITULO 1

Todo lo que los ojos podían ver era oscuridad.

No era una oscuridad impenetrable que aplastara los sentidos con una inaguantable claustrofobia, pero era de un tipo de amenazante sombra trasparente suficientemente capaz de revelar las líneas de lo que rodeaba el ambiente.

Un silencio sepulcral.

Programado para “Todo tipo de comodidad” El aire acondicionado apenas hace ruido. Y todavía la corriente de aire ondulaba como olas de calor resplandeciente atravesando los contornos de la desigual oscuridad. Ellos estaban como una pesada y opaca masa de un tempano de hielo que descendía dentro de las profundidades.

Y entonces vino un leve crujido de la cama que estaba en a mitad de la habitación. La sombra vacilaba de atrás hacia adelante, como si fuera impulsado en ondas de un calor febril hinchándose dentro de un pozo profundo de silencio. La sombra se retorcía de izquierda a derecha, una repentina rigidez  lo invadió. El ocupante de la cama se volteaba una y otra vez, despierto, molestado por un persistente insomnio ¿O quizás por las visita de las pesadillas? No, eso no era.  No era que no se pudiera acostar, era que él no podía levantarse.

Sus muñecas estaban firmemente atadas arriba de su cabeza, mientras que sus brazos estaban tensionados ligeramente. Él apretó sus puños, sugiriendo un exasperado desafío de su confinado estado.

Pero él debe liberarse por sí mismo, no importa el costo. 

Aunque para alguien que poseía un gran espíritu indomable no parecía que él estuviera luchando con algún tipo de esfuerzo frenético. Quizás él había abandonado la pelea o se había cansado de ofrecer resistencia.  Su expresión se mantenía inescrutable, aunque de sus labios derramaban pequeños gemidos. El sonido de un hombre buscando los límites de su perseverancia.

Él retorcía su cuerpo cautivo para resistir aquello que estallaba incontrolablemente dentro de él, desesperadamente apretaba sus dientes con el fin de resistir ello. De tal forma los sonidos hacían eco total en pathos.  En el centro de esas expresiones, un oyente podría casi coger los suspiros satisfechos, permeados con profundos colores lascivos y esencias.

—     Tú… ¡Hijo – de –Puta!

Las maldiciones florecían en su boca, su respiración chocaba, sus labios temblaban, el golpeteo frenético que quemaba su garganta.  Las repetitivas imprecaciones llenaban y susurraban; Él sabía que haciéndolo, sólo carcomía  sus tripas con un poderoso veneno. Y todavía las maldiciones se derramaban fuera de él.

—     Maldito Jodete.

 Derramaba lágrimas sin vergüenza u honor. Su erosionada fuerza de voluntad y su castigado orgullo fueron lanzados al viento. Él se regañaba así mismo, mordiendo su labio suficientemente fuerte como para hacerlo sangrar.

No importaba que tan duro él gritara, sus llantos no alcanzaban a nadie, pero sí a sí mismo. Él estaba golpeado por el hecho que si incluso él llorara por misericordia desde el fondo de su pecho nadie lo escucharía.  En la habitación en la que él estaba confinado, el contraste rígido entre los resplandecientes muebles que no eran nada si no una desolada cárcel. 

¿Cuánto tiempo había pasado desde que él había sido inyectado con ese afrodisiaco? Él había perdido toda noción del tiempo. Posiblemente un poco más de diez minutos, pero lo sintió más como si algo más de una hora hubiese pasado desde la inyección. Su cabeza palpitaba desde el centro de su cerebro.

Los músculos en su ingle apretaban en un punto de dolor. Espasmos le sacudían la punta de sus dedos. Su respiración aumentó de forma irregular y su seca garganta gritaba por ayuda.  Y entonces ahí estaba su acalorado miembro erecto, tan excitado que enviaba un entumecimiento a través de sus piernas, tan lleno de sangre como para presionar las venas y los capilares del punto ardiente.

¡Su cuerpo entero tenía que llegar al orgasmo! ¡Él no podía contenerse a sí mismo por más tiempo!

Contorsionando su cuerpo y frotando sus muslos juntos solo intensificaba la agonía, por su constreñido órgano que parecía querer gastarse así mismo de la peor forma posible. Su campo de visión se empañó de rojo. De su parte inferior las convulsiones febriles surgían a través de él, amenazando con dividirle la columna.

Restringido por el anillo que estaba en la base de su pene, él no podía eyacular. En absoluto.

—     ¡Hijo de puta!─ él escupió, sus labios temblaban. Apenas consciente, él repetida esa palabra una y otra y otra vez. ─ ¡Mierda, mierda, mierda!     

Él sabía que de ninguna manera escaparía de la tortura abrasadora incluso si dejase de respirar.

Entonces ahí fue cuando la puerta del cuarto se deslizó abriéndose de derecha a izquierda. Preocupado con la angustia consumiendo su centro, él no se dio cuenta que el Hombre había entrado a la habitación.

El Hombre se acercó al cautivo con pasos cuidadosos. Él llevándose a sí mismo con una cautela, la  gruesa alfombra absorbía cualquier evidencia audible de su presencia. Silenciosamente, tocó un botón de la cama.

La habitación fue llenada con una suave luz. Habiendo sido prisionero en la oscuridad, el gentil brillo dejó cegado al cautivo. Incluso cuando estrechando sus ojos, le tomó tiempo acostumbrarse a la luz.

Tenía el rostro lleno de belleza pero una despiadada, El hombre quien no tenía ni una pizca de vulnerabilidad y las lágrimas surgieron de sus ojos. Su fuerza de voluntad y resistencia llevadas ahora a un punto débil, de repente se hundió en la cara del Hombre.

—     ¿Y ahora qué vamos a hacer?  ¿Lo has aguantado lo suficientemente bien?

La voz del hombre tenía un tono severamente frío como su indiferente porte sugería. El oyente no podía ayudar, pero era persuadido por la particular firmeza en su voz, una firmeza que impartía la dureza de alguien muy acostumbrado a dar ordenes.

—     ¡Basta ya! –El cautivo imploró contorsionando su cuerpo, ahogando sus lágrimas.

Y sin embargo el hombre no movía ni una ceja.

—     ¡Yo te ofrecí la oportunidad de que le dieras tus mejores golpes a cualquiera, pero yo no te dejé ir a que te montaras a una perra!

Hubo una desconcertante discrepancia entre el indiferente tono de su voz y sus ojos, que era frío como la muerte.

—     Por lo menos sabías que Mimea estaba comprometida ¿No? Incluso Raoul está denigrando diciendo que tú fuiste y arruinaste todo. Este es tú merecido.

El cautivo solo podía estar ahí, recibiendo su aliento en respuesta a las deliberadas, aún duras palabras que le lanzó.

—     ¿Tu vanidad realmente te convenció que podías estar con Mimea? Siendo en el caso de que querías jugar a ser un casanova, tú seguramente sabías que esas reglas de juego debían ser respetadas ¿Verdad?

Detrás del Hombre, una voz estridente de una mujer irrumpió en la habitación.

—     ¡No era un juego!

El cautivo se echó hacia atrás, como si hubiese sido golpeado por el tono de la voz de ella. Sus ojos se ampliaron por la sorpresa, viendo la cara de Mimea ser expuesta  al mundo después de muchas citas clandestinas.

—     Ella insiste en verte y ella no toma un “no” por respuesta. Bien, es como se dice, el amor es ciego, pero lo que ustedes dos no están entendiendo es que esta decisión no es algo que ustedes tomen. Así que déjale oír directamente de ti eso.

—     ¿Oír qué? – Los temblorosos ojos del cautivo preguntaron silenciosamente, vagamente comenzando a anticipar lo que el Hombre iba a decir a continuación.

—     Que su relación nunca fue real, eso es lo que dijo. Incluso si no fuese Mimea, cualquier cálido cuerpo hubiese sido suficiente. Él sólo estaba intrigado en el cuerpo de una mujer. 

En ese momento, otra sensación trepó  por la columna del Cautivo.  No era los espasmos de placer, pero era algo parecido al frío, a una oscura desesperación.

—     Siempre y cuando se le dé una vagina desocupada en donde aplacar su calentura, su palpitante virilidad lo hará sin importar de quien será. ¿No es eso lo que tú dijiste?

El Hombre no sería cuestionado. Las amenazas implícitas en la corriente de su voz abrumaron al Cautivo.  Sus mejillas se tensionaron y en un estado congelado, él pasó saliva para respirar y luego volvió a tragar saliva, fuertemente.

Pero antes que él pudiese responder con sus labios temblando, la mujer habló:

—     ¡Eso es mentira! ¡Usted está conspirando contra nosotros, tratando de destruir nuestra relación!

Ella endureció su voz y desaprobatoriamente fulminó con la mirada al Hombre.  Para Mimea, la persona quien podría encadenar a su amante como él quisiera era más como un rival para su cariño que  el símbolo de la máxima autoridad.

—     ¿Sabes a quien escogió Raoul como mi pareja? ¡Jena! Supuestamente porque él tiene buenos genes.

La forma en la que sus palabras temblaban y se apagaban, indicaba la intrínseca desesperación de sus emociones.

—     ¡De ninguna manera! Es un pervertido, lo tiene escrito en toda la cara. El pensar siendo tomada por él… teniendo un bebe de él… ¡Me hace enfermar!

Como mujer es era algo que su orgullo no podía permitir y sin embargo  se dirigió hacía el Cautivo, con un cierto sentimiento doloroso.

—     Tú eres diferente de las otra personas ¿Verdad? Tú solo me amas a mí ¿Verdad?

Pero el Cautivo no podía escuchar ni la mitad de lo que ella decía. Este tenía todo su esfuerzo en simplemente evitar gemir en voz alta, contorsionando su cuerpo con el fin de evitar el reconocimiento de que estaba imponiéndose en la conversación

Todo este tiempo. La única cosa que salvó de las palabras de Mimea fue que la exposición de sus reuniones con ella podría derribar la censura sobre su cabeza.

Atrás cuanto su secreto se volvió publico, sus compañeros se unieron en el castigo.

—     Nosotros no podemos entender a alguien que se enamora de un hombre de los barrios bajos, Princesa fabricada-en-la-academia.

—     Ella no sabe juzgar a los hombres, por eso se enamoró de una basura como esa.

Ese eran el tipo de cosas que decían a las espaldas de ella. La envidia producto de la academia por un lado y él mismo por el otro: naciendo y creciendo rodeado de basura.

Pero Mimea sabía. Debajo de esas sombras del incesante ridículo, detrás del constante escarnio público y  las puñaladas de miradas desaprobatorias, todos y cada uno estaba extremadamente intrigados en que tipo de raro espécimen él era.

A pesar los méritos de su linaje (o la falta de ello), a pesar de la belleza de su semblante (o la falta de ella), a pesar de su historial criminal  (o la falta de ello); la originalidad de su sola presencia hechizaba a la gente. Para bien o para mal, eso era el sentido primario que hasta entonces se había creído tallado en piedra, pero que fue aplastado sin piedad.

Mimea había  visto desde el principio del final, las decepciones del día a día y las mantenía aparte. La petulancia del territorio, las almas brillando debajo de la campana de vidrio.

Entre todos sus compañeros, él  era el más hermoso de todos. Ninguno de los flagrantes y maliciosos chismes o los oscuros celos, o la conducta insidiosa que se puso a flor de piel. Su forma de hablar y su conducta se mantuvo incivilizada en el extremo y su absoluta falta de espíritu solidario, no le permitió a lo largo de ese tiempo llevarse bien con nadie. Sin embargo, sus acciones no eran sin significado. Su soledad logró un tipo de “pureza”.

¿Qué era lo que Mimea esperaba de él, sin importar qué? Aunque ambos eran pájaros en una jaula, ella esperaba creer que si pareja podría darle lugar a algo completamente nuevo.

Es era el por qué ella se acercó a él, el por qué ella se burlaba de él con besos, el por qué ella se lanzó a sus brazos y su excesivo deseo ardiente de fusionar sus cuerpos como uno. Así él sería suyo y ella solo de él. Así había sido de frágil el ingenuo sueño que ella había tenido.

A pesar de su déspota y cortante comportamiento, hasta hace unos cuantos días el siempre la había mirado a ella con ojos más amables que a cualquier otro. Ahora, sin embargo, él había esquivado su rostro sin ofrecer ninguna explicación. Para Mimea, esa carga era demasiado grande para soportarla. Su silencio, encendía en ella una inefable ansiedad.

—     ¿Por qué no dices nada?

Ella ahora había confrontado la realidad:  Él no quería verla. ¿Cuál era el valor de una vida inmovilizada por unas cadenas invisibles? Una vida obligada.

El revoltijo de pensamientos, hirieron su corazón. Incapaz de soportarlo por un momento más, ella lloró hasta casi la histeria.

—     ¿Por qué tú no me miras?  ¡Di algo, por favor!

Ella levantó sus ojos cafés y frunció sus labios rojos, sabiendo que era muy improbable que él le fuese a siquiera dar un vistazo. En un momento, ella había estado mostrando la fealdad de una inimaginable traición, ilustrada en el rechazo de el Cautivo, quien incluso no se defendió a sí mismo, con su usual fanfarronería. Ella no podía hablar, tanto era el fuego en sus ojos por toda su ira.

Y este es el fin Pensó el Cautivo en su corazón.

—     ¡Cobarde! ― Mimea le injuriaba. Su voz casi era un grito.

Con aquel grito, una sensación de lagrimeo golpeó su espalda, como si estuviese siendo azotado con un látigo cubierto de múltiples clavos.  Él bajando un poco su labio aguantó lo más duro. 

Un sonido rezumbaba por entre sus dientes, causando escozor en su garganta como si esta estuviese rodeada de espinas. El dolor se entrelazaba con el abrazador calor de la poción ardiente en su pecho. Sus extremidades estaban rígidas. Pudo haber sido un gemido o un sollozo, lo que salió de sus mandíbulas cerradas.

Incluso para él era difícil saber la diferencia.

Mimea estado detrás de él, se volteó. Sus labios temblaban.

        Y quizás  ¿Bien habrás aprendido una cosa o dos?

Habiéndose asegurado que Mimea había corrido a toda prisa  hacia la puerta, el Hombre se sentó en el borde de la cama. Se estaba tomado su tiempo.

        Bien, este final era bastante obvio desde el comienzo.

Él susurró suavemente.   Quitó la manta que cubría el cuerpo desnudo que todavía estaba en camino a convertirse en el de un adulto. La simetría flexible de las extremidades maduras del Cautivo y la manera en la que su cuerpo se retorcía en las agonías del placer, solo servía para despertar el sadismo del Hombre. 

La mirada del Hombre recorrió el cuerpo del Cautivo. Sus ojos fríos y apacibles no reflejaban ni una excitación aumentada, ni un pulso acelerado. Solo cuando la cruel mirada del Hombre bajó por los muslos del Cautivo, su cara se ensombreció mínimamente. La cima de la dura virilidad del Cautivo clamaba  “¡Déjame venir, Déjame tener un orgasmo!”.

        ¿Quieres venirte? — El Hombre susurró con una ronroneante voz.

Sus labios temblaron, mientras él recuperaba el aliento. Sus ojos húmedos suplicaban por ello. Se forzó a sí mismo a asentir rígidamente, varias veces. El Cautivo tomó una aspiración profunda,  cuando el Hombre abrió hábilmente sus rodillas. Él pensó que por fin iba a ser capaz de liberarse de esa enloquecedora tortura.  Sin embargo, como si quisiera desarmar toda su racha de optimismo, no fue más que una mirada a su maduro e hinchado pene. El Hombre expuso el reverso del muslo izquierdo del Cautivo y con gentileza acarició el valle que separaba sus dos nalgas. Con un gemido, los ojos del Cautivo rodaron mirando hacia atrás.

        Divirtiéndote con Mimea sin mi permiso. ¿Realmente creías que podrías terminar con todo de forma impecable después de eso se hiciera conocer así como así?

Por primera vez, una verdadera sombra de miedo nubló los ojos del Cautivo.

Como siempre, el Hombre estaba bastante calmado, al punto de parecer frígido. Pero bajo la fachada de este Hombre, quien su voz nunca flaqueaba, escondía una cara de un amo implacable y estricto. El Cautivo lo sabía mejor que nadie.

Ese es el por qué, en esta coyuntura, no se lanzaba a la misericordia del Hombre, suplicando “¿Por qué?”

Cuando su relación con Mimea había sido revelada al hombre, este había sido enfrentado. Él había traicionado su acuerdo y se había perdido en esa aventura que se produjo. Es algo que no nadie debía hacer, pero ese no era el por qué lo había hecho.

Él amó a Mimea. Su glamurosa figura, su pura y cultivada arrogancia; su ignorancia sobre el mundo real, uno en el cual nunca fue aventurada más allá de su vida asignada. La suavidad de su piel por donde fuese que tocara. Él amaba todo de ella.

Ella no tenía ningún tipo de prejuicio hacía él  como los otros. Ella era solo su compañera. Ella lo aceptó con todos sus dicientes cualidades y lo vio como un simple ser humano. Y aún así,  él sabía que ese solo era el lado oscuro de su breve “Luna de miel” juntos y siempre y cuando ellos siguiesen llamándose “amantes”… y ese fue la emoción escondida que tenía por estar traicionando al Hombre.

Eso fue porque el Cautivo se encontró en una jaula de oro en la que nunca deseó estar. Para un chico salvaje que nunca se había detenido en patear otros traseros. Para alguien que no sabía nada, pero para su propio autorespeto-duramente-ganado,  el estar así le daba una sensación de incontrolable claustrofobia que lo estaba sofocando.  

En este estado, las cosas solo podía ir de mal en peor. Estaba irritado, pudriéndose de adentro hacia afuera y eso lo estaba matando.  Botando su magullado orgullo al viento y besar al hombre que podría destruirlo de una vez por todas.

Ese era el porqué, al momento de la verdad, ese hombre se lo tomaba a la ligera. Eso hizo que se sintiera culpable con el Hombre (y más que todo con Mimea) de forma muy intensa. Pero ahora, el miedo había tocado su corazón.  

        Con Mimea… Solo lo hice una vez.

Él sabía que le Hombre no iba a caer con tan torpe excusa, pero él también sabía, con cierta certeza del terror, que él tenía que dar alguna especie de racionalización.  

        Una vez o cien veces, en lo que a mí concierne es igual. El que la sostuvieras en tus brazos es más que suficiente.

La bola que se encontraba en los dedos del Hombre, se deslizó a través su ano. El Cautivo se sacudió. Teniendo su pene hinchado y excitado por una exaltación extrema de placer, el que también entrara su flor escondida entre sus entrañas.

Como si quisiera sacar a la luz la realidad de su condición promiscua, El Hombre exploraba los pliegues de sus entrañas con sus dedos.

        Lo qué más te gusta está aquí, de esta forma…

¡NO!

Pero el cuerpo del Cautivo se contrajo, antes que de su garganta pudiese emerger palabra alguna. La realización de esa acción lo dejó sin fuerzas para resistirse, solo lo dejó más temeroso. 

Su piel se erizaba donde fuese que su piel sucumbiese ante el constante hormigueo de placer.

Lentamente, el Hombre lo penetraba con sus dedos, provocando atractivas ondulaciones en el cuerpo del Cautivo. La sensación despertó un grito gutural y su espalda se revolvía y retorcía incontrolablemente.

        ¿Qué haces? ¿Tratando de salvar tu ego incluso ahora? ¿Qué tal darme un buen grito a cambio?

La voz del Hombre estaba poseída por una gélida quietud, tan alejado de su usual desapego como podría imaginarse.  En efecto, tales imaginaciones solo dejaban al Cautivo sin habla y con miedo. Con cada libidinosa excavación del dedo del Hombre, las crónicas palpitaciones lo contraían añadiéndole una intensa y difundida sensación de entumecimiento por todo su cuerpo.   

Semiconsciente el Cautivo apretaba su esfínter. Pero en vez de repeler la invasión de objeto extraño, su cuerpo apresaba el dígito del Hombre más estrechamente, dibujándolo profundamente en su interior con un incrementado placer.  Y sí como é lo hizo, el temblor de sus caderas comenzó a montarle lentamente y sin vergüenza, como si fuese una desesperación encantadora.

“Todavía no…”

Claramente no era suficiente para el Hombre, quien lamió su lóbulo y murmuró en su oído — Sí, eres un buen chico.

     — Ahhh… — trinó el Cautivo. Ese fue un pequeño grito y su espalda se arqueó. 

Un pequeño remolino.  Los dientes temblaban royendo su columna vertebran, repentinamente desnudaron sus colmillos y perforaron la parte superior de su cráneo. Sus brazos estaban extendidos y sus piernas tensas convulsionaban y tironeaban.

 Con la venganza del hombre atascada en su dedo en lo profundo, causaban dardos de fuego que quemaban dentro de los papados del Cautivo. El respiró, sintiendo como si cada gota de sangre en su cuerpo estuviese quemándolo. No solo en su erecto pene, pero si bien en sus pezones dolorosamente erectos.  

El podría haber escapado de la verdadera agonía inaguantable a través del desmayo, pero el Hombre  lo fosaba laboriosamente a jadear por aire, dejándolo no venir.  Trayendo el capullo de su ano con tal refulgente floración,  el Hombre lo ató a la consciencia con la lujuria, jugando con sus pares inferiores sin descanso.

        Ahhhhhh… haaaaa… hnnnnnnm….

Los labios temblorosos del Cautivo sacudían con respiraciones miserables que pulsaban su garganta. Sus caderas se levantaron violentamente, sacando todavía un prematuro y brillante hilo y que no tenía ni una sola promesa de liberarse.

        ¡Aaaaaaaaargh…!

Con cada sollozo que se escaba de su garganta, lloraba aproximándose a un grito. Su cuerpo quemaba todo camino abajo.  Aquello era la inimaginable amenaza en el juego preliminar del Hombre

El hombre jugó sin misericordia con los erectos y duros pezones. Sacó la cabeza del Cautivo de su estremecimientos y lo acercó para acariciarle con sus dedos,  haciendo al Cautivo gritar. Su ano teniendo estrechamente atrapado un dedo, el Hombre introdujo un segundo, forzando a que se expandiera.

       Ughhh-Ahhh!

Sus lágrimas cayeron por su rostro y el Cautivo jadeó. Suplicando en fragmentos irregulares del idioma.

        Suficiente… no más… no…lo… volveré… a hacer… de nuevo… ¡Ahhh!

Estaba mendigando por perdón. No lo repetiría. Nunca más. ¡Él nunca lo haría de nuevo!

¡Piedad!

Las sinceras palabras resucitaban una y otra vez como si estuviese entorpecido por el delirio de la fiebre. Su boca estaba congelada. El Hombre susurró de nuevo en su oído.

        Te dejaré venir. Tanto como quieras. Hasta que te arrepientas de siquiera haber sostenido a Mimea entre tus brazos.

Y con una desigual y frígida calma, él pronunció ese veredicto. Una vez imbuido con una enloquecedora oscuridad.

        Tú eres mi Pet. Te haré entenderlo hasta la médula de tus huesos.

El Hombre entrecerró sus ojos con una inimaginable belleza que podría hacer a cualquiera temblar de miedo. En ese momento, sin embargo,  ellos también brillaban con una ardiente mirada gélida (Quizás revelaban la furia de su orgullo herido, o tal vez, una manifestación de su incontrolable obsesión). Realmente no importaba cuál de esas fuera la correcta. El Hombre estaba al tanto que la base de sus altas convicciones, estaba siendo arremolinada por un penumbroso tornado de celos hacia Mimea.

 

Anuncios

Acerca de nataliaclow

Traductora aficionada de mangas y novelas desde el japonés. Los proyectos que más me interesa terminar son Sweet Pool y Ookiku Furikabutte. Espero especializarme sólo en novelas BL en el futuro.
Esta entrada fue publicada en Ai no Kusabi. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Ai no Kusabi [Novela] Capítulo 1

  1. XenaLaGuerrera dijo:

    yo no quiero el libro quiero el manga en español de Ai no Kusabi

    • nataliaclow dijo:

      Ai no kusabi está basado en las novelas de Rieko Yoshihara, por lo que actualmente no existe el manga que tenga tal adaptación.
      Sin embargo se han publicado one-shot originales sobre la historia, más no obstante no es una adaptación. En caso eventual que exista un manga le rogaría que me lo pasara para revisarlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s